Siempre tengo que esperar con buena cara. Sé que el viaje es largo y que siempre saco provecho de unas cuantas cosas que andan rondando aquí, y sólo surgen con concentración. Dos mujeres detrás de mí, con muchas ganas de parlar (demasiado). A veces creo que la gente no se da cuenta de que hay ciertos temas que en la vía pública no pueden ser hablados. Trato de no escuchar, de dejar mi mente en blanco, pero su volumen de voz sobrepasa mi poca paciencia, y no puedo alejarme. Mi cara cambia, seguro. El bondi todavía no quiere llegar. Siempre le echo la culpa al horario. Alguien debe de tenerla. Doce del mediodía. Los chicos salen de sus respectivos colegios. Mucha gente termina su jornada laboral. Otra tanta, vuelve llena de bolsas porque pasaron un rato largo de shopping. Mucho barullo para mi gusto.
Desde que retomé mis estudios, viajo dos veces al día. Otros días son cuatro veces. Viajo al otro lado de una ciudad tan lejana y tan propia a la vez, donde la lógica se revierte y se puede pensar de otra forma. He llegado a la conclusión de que nunca sé lo que quiero, y cuando lo sé no logro encontrarlo. Para no volverme tan loca le suplico a la rutina un poco de espacio. De todas formas, lo mejor me ha llegado a pasar al actuar impulsivamente.
Después de cierto tiempo me resulta enfermizo y crónico: estar sentada y aburrida, obligada a ver cartelitos con promociones pasar, durante cuarenta minutos (o más, porque este horario es terrible). Llega a ser intolerable. Así que atino a inventar estrategias de viaje para zafar de la tortura. Me he dado cuenta de que son increíbles los proyectos e ideas que me han surgido aquí adentro, tan sólo mirando al cielo, con mi bendito mp3 y sus auriculares. De vez en cuando miro a algún pasajero/a, me invento su vida. Me doy cuenta de lo predecible que soy. Siempre son sufridos. Con una vida demasiado normal y pobre de esperanzas. Aquí en mi asiento, desde que aflojo mis músculos del cuello, me acomodo para un largo viaje, sólo pienso. Soy yo y mi cabeza. El verdadero yo. El luminoso. La antorcha que nadie ha tenido el valor de tomar. ¿Les daré miedo? Nunca nadie se sienta a mi lado, a menos que no quede otra opción. Siempre me sentí un poco “rarita” como me decían en la secundaria. (¿Cómo vas a vestirte así? Rarita. ¿Cómo puedes soportar escuchar esa música? Sos rara) Yo siempre riéndome de ellos. Siendo fiel a mi promesa de quemarme la cabeza, de gastarla contra la pared. Desde muy chica, supe que nunca me iba a afectar una palabra humana. De todas formas, siempre hay un complemento.
Hoy no me atrevo a pensar demasiado. Cinco horas de estudio y mi cabeza ya me pide apagar los faroles. Sólo miro la calle. Los negocios, los chicos cruzando de esquina a esquina, la gente ansiosa en las paradas de colectivos, los ciclistas con sus mini shorts deportivos, las abuelas con las bolsas del mercado. Cada cual tiene su rumbo. Aquí sentada me imagino brotes saliendo de mi espalda, mis manos se ramifican en milésimas ramitas. Hace no muy poco me di cuenta que no sólo se crece de forma lineal. Por eso, igual que un árbol, con sus fuertes raíces, creceré en todas direcciones y por todos lados. Aquí, y cinco metros más allá. Raíces. Quiero dejarlas por doquier. Quién sabe, puede que algún día, no hoy, quizás en algún momento, nazca un fruto, y de ese sabroso jugo podré alimentar mis otras cien mil ramas que he decidido dejar tiradas. Siempre cae algo bueno, o malo. ¿De qué dije que estaba hablando?
Yo me bajo en la que viene.
Irina Cariaga

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