jueves, 20 de noviembre de 2014

“CIGARRO, TABACO, CÁNCER, AMOR Y MUERTE. LAS FLORES TAMBIÉN MUEREN EN OTOÑO”




Tan blanca
Tan pálida
Tan serena
Tan podrida y negro en su interior
el tabaco le dejó un cáncer y con él ella vivió
sus pulmones oscuros de a poco marchitaron
esa vida, esa vida de tan hermosa y blanca flor
aquella que en otoño había traído un supuesto amor
su nube negra la alejó de los rayos de sol
tan blanca
tan pálida
tan vacía y llena de perdición
su adicción va llevando a su propia destrucción
ese viejo amor de otoño ausente hoy por hoy
vaga en intenciones absurdas ciegas de corazón
poco a poco muere ese jazmín blanco
con un amparo oscuro de tan negra y fría muerte de amor...
 
                                                                                                      
 
Guillermo Gertsch


Rutirespiro


 

Siempre tengo que esperar con buena cara. Sé que el viaje es largo y que siempre saco provecho de unas cuantas cosas que andan rondando aquí, y sólo surgen con concentración. Dos mujeres detrás de mí, con muchas ganas de parlar (demasiado). A veces creo que la gente no se da cuenta de que hay ciertos temas que en la vía pública no pueden ser hablados. Trato de no escuchar, de dejar mi mente en blanco, pero su volumen de voz sobrepasa mi poca paciencia, y no puedo alejarme. Mi cara cambia, seguro. El bondi todavía no quiere llegar. Siempre le echo la culpa al horario. Alguien debe de tenerla. Doce del mediodía. Los chicos salen de sus respectivos colegios. Mucha gente termina su jornada laboral. Otra tanta, vuelve llena de bolsas porque pasaron un rato largo de shopping. Mucho barullo para mi gusto.
Desde que retomé mis estudios, viajo dos veces al día. Otros días son cuatro veces. Viajo al otro lado de una ciudad tan lejana y tan propia a la vez, donde la lógica se revierte y se puede pensar de otra forma. He llegado a la conclusión de que nunca sé lo que quiero, y cuando lo sé no logro encontrarlo. Para no volverme tan loca le suplico a la rutina un poco de espacio. De todas formas, lo mejor me ha llegado a pasar al actuar impulsivamente.
Después de cierto tiempo me resulta enfermizo y crónico: estar sentada y aburrida, obligada a ver cartelitos con promociones pasar, durante cuarenta minutos (o más, porque este horario es terrible). Llega a ser intolerable. Así que atino a inventar estrategias de viaje para zafar de la tortura. Me he dado cuenta de que son increíbles los proyectos e ideas que me han surgido aquí adentro, tan sólo mirando al cielo, con mi bendito mp3 y sus auriculares. De vez en cuando miro a algún pasajero/a, me invento su vida. Me doy cuenta de lo predecible que soy. Siempre son sufridos. Con una vida demasiado normal y pobre de esperanzas. Aquí en mi asiento, desde que aflojo mis músculos del cuello, me acomodo para un largo viaje, sólo pienso. Soy yo y mi cabeza. El verdadero yo. El luminoso. La antorcha que nadie ha tenido el valor de tomar. ¿Les daré miedo? Nunca nadie se sienta a mi lado, a menos que no quede otra opción. Siempre me sentí un poco “rarita” como me decían en la secundaria. (¿Cómo vas a vestirte así? Rarita. ¿Cómo puedes soportar escuchar esa música? Sos rara) Yo siempre riéndome de ellos. Siendo fiel a mi promesa de quemarme la cabeza, de gastarla contra la pared. Desde muy chica, supe que nunca me iba a afectar una palabra humana. De todas formas, siempre hay un complemento.
Hoy no me atrevo a pensar demasiado. Cinco horas de estudio y mi cabeza ya me pide apagar los faroles. Sólo miro la calle. Los negocios, los chicos cruzando de esquina a esquina, la gente ansiosa en las paradas de colectivos, los ciclistas con sus mini shorts deportivos, las abuelas con las bolsas del mercado. Cada cual tiene su rumbo. Aquí sentada me imagino brotes saliendo de mi espalda, mis manos se ramifican en milésimas ramitas. Hace no muy poco me di cuenta que no sólo se crece de forma lineal. Por eso, igual que un árbol, con sus fuertes raíces, creceré en todas direcciones y por todos lados. Aquí, y cinco metros más allá. Raíces. Quiero dejarlas por doquier. Quién sabe, puede que algún día, no hoy, quizás en algún momento, nazca un fruto, y de ese sabroso jugo podré alimentar mis otras cien mil ramas que he decidido dejar tiradas. Siempre cae algo bueno, o malo. ¿De qué dije que estaba hablando?
Yo me bajo en la que viene.
 
Irina Cariaga

miércoles, 19 de noviembre de 2014



La puerta


 
Era de noche, empezaba a hacer más frío de lo que había hecho en el día. Me había olvidado en la oficina unas carpetas importantes que debía terminar para el próximo día, así que decidí ir en su busca para poder concluirlas.
Estaba sola en la calle. Por ahí, a lo lejos, se veía algún que otro gato o perro. Aunque había dejado mis pertenencias de valor en mi casa estaba preocupada porque alguien apareciera en la oscuridad y me quisiera robar. De pronto escuché algunos sonidos extraños, busqué y busqué por todos lados al creador de ese sonido y no me fue posible hallarlo. Sin preocuparme demasiado seguí mi camino.
Después de caminar unas cuantas cuadras, llegué al fin a la oficina. El portero me abrió la puerta gentilmente y me indicó el camino para que yo busque lo que me había olvidado, pero otra vez en la oscuridad del pasillo escuché pasos y ese molesto y espeluznante sonido que había aparecido antes en la calle. No había forma de explicar qué era lo que sucedía, ya que había visto una sombra alta, con una figura parecida a un muñeco de dibujo en la oscuridad.
Al parecer el sueño y el estrés me invadía y me hacía alucinar. Todo parecía ser nada más que una burla de mi mente ante el cansancio del día. Seguí mi camino, cada minuto que tardaba en buscar mi carpeta esa terrible imagen se aparecía una y otra vez en la cabeza.
Ya con mi carpeta en manos me dirigí a la puerta y al posar mi mano en el picaporte para abrirla, en mi espalda sentí un toque turbador que me heló la piel y puso los pelos de punta. Rápidamente me di la vuelta y frente a mí con una piel pálida, ojos tan angustiantes como la idea de morir y tan oscuros como la nada misma, tan flaco en cada extremidad que se le veían los huesos blancos, con una sonrisa amplia literalmente de oreja a oreja que dejaba a la vista dos hileras de dientes idénticos a los de un tiburón.
Estaba ÉL. La criatura más horrenda que había visto en mi vida, algo que ni en mis peores pesadillas había visto. Por un momento me paralicé pero al ver que tomó mi cuello con su mano y empezó a comprimir mi cuello, le empecé a pegar con la carpeta tan desesperadamente que mi respiración empezó a faltarme y mis brazos a cansarse. Pegué un grito tan agudo que me extrañó. Me soltó. Al parecer eso fue torturador. Mi grito me dio unos segundos para reaccionar y comenzar a correr. Me dirigí en dirección al ascensor. La adrenalina que poseía en ese momento me permitió correr lo más rápido que pude. Sentía sus pasos tras de mí. Moviéndome con torpeza, oprimí con desesperación el botón para llamar al ascensor.
De golpe no escuché nada. Todo se calmó. Lo único que se sentía en esa habitación era mi corazón que latía tan fuerte que me hacía temblar. Finalmente, el ascensor abrió sus puertas y yo en estado de alerta máxima fui entrando de espaldas lentamente. Cuando al fin pude calmarme de todo eso, cerré los ojos y dejé salir un suspiro. Abrí los ojos con la confianza de que no volvería a ver a ese monstruo. Sin embargo, como de la nada, como una imagen difusa que se convirtió en realidad, estaba ÉL mirándome con su desgraciada sonrisa de satisfacción al ver mi cara de espanto. Por un milagro se cerró la puerta del ascensor. Su cuerpo fue rebanado a la mitad y con un grito desesperado, murió.
Su cadáver desapareció como polvo y el ascensor empezó a bajar los pisos. Cuando llegué a la puerta del edificio, el portero muy amablemente me preguntó si todo estaba bien, con un tono preocupado al verme toda transpirada y tan blanca como la nieve. Afirmé que estaba bien con la cabeza y me despedí amablemente.
Salí por el mismo lugar que había marcado mi noche, que había puesto mis nervios en los niveles más altos. Ya no sabía si lo sucedido esa noche era realidad o sólo un sueño. Me di vuelta una vez más para observar al portero que tan amigablemente me abrió la puerta y por unos segundos vi en su cara la misma sonrisa y la misma mirada del monstruo.
Me di vuelta rápido, deseando alejarme de una vez por todas de ese lugar.
 






Micaela Giacobbe






Tomando el control


A veces lo veía. A veces no. Parecía aparecer sólo en los momentos en que se sentía triste o enojado. Nunca se atrevió a hablarle, pues temía que respondiera. Lo veía cuando se encontraba frente a un espejo, detrás de él. Nunca mostraba sus ojos pues traía una capucha, pero sabía que lo miraba. Podía ver cómo sonreía. Cuando se volteaba a verlo simplemente parecía desaparecer.
Sentía su presencia constantemente. Veía su sombra justo al lado de la suya .Tenía miedo. Sabía que quería algo, pero ¿por qué él? Justamente, entre tantas otras personas que podía haber molestado ese fantasma, ente, demonio o lo que fuese, ¿por qué él?.....No tenía idea.
Comenzó a ignorar su constante presencia, buscando hobbies y actividades que lo distrajeran; había oído que la mente inventa cosas cuando está aburrida y no tiene nada mejor que hacer. Tal vez era eso, su volátil y alocada imaginación.
Pasó un tiempo y dejo de verlo. Ahora todo era normal. Era feliz; ya no lo veía , ya no más sombras extrañas ni reflejos de hombres encapuchados. Aunque en los días en que se encontraba triste o enojado, podía sentir cómo lo observaba, cómo se alegraba por su dolor.
Sin embargo, no dejó que eso arruinara su vida. Claro está, tenía muchos amigos y era alguien muy querido por todos. Reunió valentía y se le declaró a la chica que tanto amaba, la dulce y divertida Ángela. Le costó bastante al principio. Temía arruinar todo, pero se arriesgó. Ella se alegró y dijo que sentía lo mismo. La vida no podía ser mejor. Tenía una buena familia, amigos y una encantadora chica que lo amaba tanto como él a ella. O al menos eso creía.
Todo cambió esa soleada tarde de otoño en la que salió a caminar.
Le gustaba salir a caminar, en especial, al bosque. Sentir el crujir de las hojas quebrándose bajo sus pies, el sonido de los animales y el viento pasando entre los árboles. Estaba caminando absorto en sus pensamientos cuando vio a Ángela, besando a otro. No cualquier otro. Nada más ni nada menos que su supuesto mejor amigo, Bill, que era como su hermano. El alegre y simpático Bill, en el que tanto confiaba.
Se había paralizado. Era imposible. No, ella nunca haría eso. No ella, que le había dicho que lo amaría por siempre. No ella, no su dulce Ángela. Mientras observaba con una mezcla de ira y dolor la escena, sintió como una mano se apoyaba en su hombro. Se dio vuelta y vio con horror al hombre de la capucha, sólo que parecía más joven, casi de su estatura. No podía ver sus ojos porque la capucha los cubría, pero sí vio cómo sonreía con malicia.
Comenzó a sentir frío y náuseas. Sus piernas parecían ceder. Estaba perdiendo el equilibrio. El hombre de la capucha lo observaba. En cualquier momento se desmayaría.
-¿Quién demonios eres? - gimió - ¿Qué quieres de mí?
El hombre se agachó y se quitó la capucha. Lo que vio lo dejó perplejo: era él mismo. Su vista comenzó a nublarse. Mientras perdía la conciencia, vio cómo su otro yo, se erguía.
-¡Hola, Ángela! - exclamó - ¡Bill! ¡Qué casualidad habernos encontrado por aquí!
-¡Dan! -dijo Bill sorprendido.
-Puedo explicarlo, no, no es lo crees- dijo Ángela. Era visible el miedo en su voz.
¿Con que no es lo que creo?- respondió su otro yo.
Todo se oscureció. Ya no pudo oír nada más.
Cuando despertó, se sentía diferente. Algo no estaba bien. Su cuerpo se sentía extraño. Parecía que lo controlara otra persona. Como si estuviera poseído. Miró a su alrededor. Intentó gritar pero no pudo, simplemente no salía ni un gemido.
Ya era de noche. Aún estaba en el bosque. Miró alrededor sólo para descubrir horrorizado a Bill colgando inerte a un árbol con una soga al cuello y a su lado Ángela, con los ojos abiertos de par en par mirando el vacío y con el cuello cortado de lado a lado.
-¡No! -se dijo mientras la desesperación y la confusión comenzaban a consumirlo- ¡No, no, no!
-No sufras, se lo merecen - dijo alguien con su misma voz.
-¿Qué es lo que les hiciste?- respondió atemorizado - ¿Qué me has hecho?
-¿Qué es lo que les hicimos querrás decir? -Respondió en tono burlón- Todo este tiempo intentando ignorarme. Qué desperdicio. Nunca te podrías haber deshecho de mí, porque yo formo parte de ti. Yo soy tú.
-No, no es posible -pensó -Yo nunca mataría.
-¡Sí, es posible!- dijo su otro yo- Soy la oscuridad, soy tu ira por fin liberada .Todo este tiempo estuve esperando la oportunidad de poder tomar completo control sobre ti. La tonta que tanto amabas destrozó tu frágil corazón traicionándote, siéndote infiel, con tu mejor amigo. En ese momento tu afable personalidad no podía seguir. Fue entonces que fui libre, libre de hacer eso que en el fondo tanto deseabas. Eso que tú sabes que esos bastardos merecen. Ahora yo soy completamente tú.
Al día siguiente, los policías hallaron los cuerpos de los dos adolescentes brutalmente asesinados en un paraje del bosque. Luego de investigar a fondo, encontraron varias huellas y rastros de A.D.N que los llevaron a arrestar a un adolescente llamado Daniel Jefferson. Sus padres no podían creerlo. Su hijo matando despiadadamente, no era posible .Nadie entendía qué había llevado a Daniel a cometer semejante crimen. Todos decían: ''Pero él era alguien tan amable y cordial, quería mucho a Bill y amaba a Ángela, ¿Por qué lo haría?''
La policía dijo que, con frialdad y sin muestra de lamentarlo, Daniel contó con detalle cómo había matado a Ángela y a Bill. Les contó que los había encontrado en el bosque besándose, y que le pareció lo mejor.
-El mundo ya tiene bastantes tontos –les dijo con tono socarrón - Creo que dos menos no hace una gran diferencia....... ¿Verdad?
Fue enviado a una institución para jóvenes con trastornos de violencia por tiempo indefinido.
''No es mi Daniel -dijo su madre con pesar a los periodistas-. Algo frío y oscuro tomó su lugar. Mi niño rebosaba de alegría y optimismo. Ahora se encuentra frío y distante. Ni siquiera me dirige la palabra. ..''
Daniel miraba con dolor todo lo que pasaba y se sentía impotente al no poder hacer nada. Simplemente no podía. Su cuerpo ya no era suyo, le pertenecía a otro. No importaba cuanto lo intentaba, cuanta fuerza ponía, no podía mover ni un dedo, por propia voluntad.
-Cuándo lo entenderás tonto- Le decía cada vez que intentaba salir- Me perteneces completamente. Ahora ¡¡Yo soy tú!!
Y era lamentablemente cierto. Estaba encerrado dentro de sí mismo y no podía salir.


Micaela Porto


juego de las escondidas



“Uno... dos... tres... Mi corazón palpita, mis sentidos se agudizan, el viento sopla, las hojas crujen debajo de los pies de mis compañeros, que huyen, hacia lugares donde no da la luz del sol.
Diez... once... doce... Encontré un lugar al fin, corro, el tiempo se me acaba. Tropiezo. Una carcajada amortiguada se escucha. Continúo corriendo, sigo corriendo. Corro.
Diecisiete... dieciocho... diecinueve... Al fin llegué, me oculto detrás de un árbol, pienso para mi mismo "Sé uno con el entorno, camuflate, no te muevas."
Veintisiete... veintiocho... veintinueve...
-¡Treinta!- El enemigo grita. Observo en la proximidad algo que se mueve entre las plantas. Cerca de mí, en un pozo, veo a un compañero, sucio, lleno de tierra. Quiero ayudarlo; pero no puedo. El enemigo me vería, sería mi fin.
Mis compañeros salieron, deben llegar a buenas tierras; a un lugar seguro. El enemigo ya los vio ¡Pobres de mis compañeros!
Solo quedo yo. Los nervios me consumen, si doy un paso en falso, todo mi esfuerzo será en vano. El enemigo se acerca a mi. "¿Que hago?" pienso. El enemigo se acerca a mi desde la izquierda, yo giro hacia la derecha y corro, corro, corro, cada vez más rápido.
El enemigo lanza una palabrota al no poder alcanzarme. No me puede detener.
A pesar de sentir un tremendo dolor debajo de las costillas, se siente una sensación tremenda, es como que el ego y el orgullo fueran inflados con helio y estén volando hacia el cielo. Se saborea el rico gusto de la victoria.
Ya casi llego, nadie me puede detener, he dado mi batalla y estoy a punto de ganar la guerra...
-¡¡PICA!!
Mis compañeros aplauden, el enemigo se excusa por haberse quedado atrás. Mi mama se asoma y nos llama para merendar.
Si, eso es para mi, jugar a la escondida.”


Andrea Lodi


domingo, 16 de noviembre de 2014




Bienvenidos a la revista digital "PALABRAS EN FUGA"

                                  




     Esta publicación tiene como objetivo reunir a jóvenes escritores y escritoras que, a través de sus textos, intentan todo... Y todo es contarnos una historia, llegarnos con una sensación, darnos otro punto de vista, arriesgarse en un verso, naufragar en un personaje... 
     Este grupo germinal pertenece a una región determinada del planeta. Al norte de la ciudad de Rosario (Argentina), allí se encuentran las ciudades de Granadero Baigorria y Capitán Bermúdez. Pertenecen, también, o han pertenecido a alguna de las escuelas de esta zona; sin embargo, esto no quiere decir que la geografía sea un límite o una barrera. Desde ya que están invitados a participar seres de diferentes lugares.

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