LOS STRANGALUFS
Un día de otoño iba caminando. Las hojas crujían debajo de mis botas de cuero. Los árboles estaban secos y sin copas. El viento te curtía la piel, provocaba que uno se doblara por la cintura; me arremolinaba el cabello. El cielo estaba muy gris, encapotado con nubes. Esa mañana habían dicho que iba a llover. Yo ya había escuchado unos cuantos truenos. Temía no llegar a tiempo a mi casa, aún me faltaba mucho.
Los negocios cercanos comenzaron a cerrar. La gente se apresuraba a llegar a su destino. El viento soplaba cada vez más y más. De pronto, cuando estaba a punto de cruzar la calle, una ráfaga sopló y consigo trajo un montón de hojas secas, ramas y tierra. Mi cuerpo fue empujado y elevado por los aires.
Para mí eso fue muy extraño. Nunca antes en mi vida (y eso que yo había sobrevivido a las tormentas más bravas) me había sucedido eso. Tenía miedo en el fondo, de caer y golpearme, o que algún objeto o persona chocara contra mí; pero a la vez, sentí un vacío en el estómago, me sentía libre.
Pasaron horas interminables en las que yo estaba siendo arrastrada por ese viento. Tal vez pasaron algunos minutos o, tal vez, sólo segundos. De pronto el viento cesó, pero por un extraño motivo yo veía todo borroso.
No enfocaba bien, pero algo me decía que yo ya no me hallaba rumbo hacia mi casa. Me encontraba en otro lugar. El aire ya no olía a humedad, ni había hojas a mí alrededor. Sino que todo parecía haber cambiado.
No puedo describir bien qué fue lo que pasó a continuación por el simple hecho de que no veía nada, pero lo que sí recuerdo era que oí pasos a mis espaldas. Algo me golpeó fuerte en la cabeza y yo caí de bruces en el suelo. Con lo poco de conciencia que me quedaba pude divisar dos siluetas, pero sabía que había más allí. Me levantaron y me cargaron en una especie de carretilla. Después de eso perdí la conciencia y no recuerdo nada más.
Desperté en una pequeña habitación, de seis paredes, no poseía vidrios, pero tenía unas ventanas hermosas. El techo era de madera al igual que el suelo. Me encontraba recostada sobre una cama que estaba muy alta del suelo. Tenía un vendaje en la cabeza con un poco de sangre causado por el golpe. Me dolía todo y me costó enormemente bajarme de la cama. Seguía con mi saco y botas puestas, pero tenía mucho calor.
De afuera se oían ruidos de ollas golpeándose, risas, una especie de cacareo. Se oía a niños correr. Salí. Extrañamente mí vista ya había mejorado. Entonces los vi: los seres más extraños y desproporcionados que jamás hubiera imaginado, ni siquiera en sueños. Eran altos, medían casi tres metros de altura, tenían una cabeza muy pequeña, casi como la de un ser humano. Manos gigantes, podrían haber asido el tronco de un árbol sin dificultad alguna. Eran completamente blancos. No llevaban puesta ninguna ropa. A pesar de ser tan formidables, en la expresión de sus caras algo me decía que estaban tristes en el fondo. Sus dos ojos pequeños demostraban una profunda melancolía.
Notaron mi presencia y se abalanzaron sobre mí. Yo grité muy fuerte y me tapé la cabeza con las manos. Ante tal grito retrocedieron asustados, tapándose los oídos, que solamente eran pequeñísimos agujeritos en los lados de su cabeza, y tropezando unos con otros. Emitieron el ruido de un oso pequeño y me miraron con cara de que yo los había hecho sufrir mucho.
-Hey, ¿qué pasa?- una voz humana se oyó entremedio de estos seres. Cuando me vio quedó estupefacto. Era la voz de un joven, moreno, alto, y cara amable. Llevaba puestos unos pantaloncitos a cuadros color verde, una remera blanca, un poco sucia. A pesar de tener los brazos y cara sucia con algo que asemejaba la tierra, estaba bastante bien cuidado. No tenía barba y sus uñas no estaban largas. En un primer momento hasta me pareció bonito.
Se abalanzó corriendo hacia mí y me abrazo. Yo no estaba acostumbrada a las demostraciones de afecto y menos de parte de un desconocido. Cuando se retiró hacia atrás, su cara estaba empapada en lágrimas; yo no sabía qué decir ni tampoco qué hacer. Todo era muy extraño.
El muchacho tomó mi mano y me condujo a una casa que colgaba de un árbol. Era gigantesca, al igual que el árbol que la sostenía. Ahora que lo pienso, las dimensiones de ese lugar eran gigantes.
Mientras caminábamos hacia esa casa, mi mente comenzó a pensar si todo eso no sería un sueño, si yo nunca habría salido de mi casa, jamás me hubiera agarrado el viento, y en cualquier momento mi despertador estaba a punto de sonar. A la vez también pensé que podría ser que culpa del viento, que yo chocara contra algo y estuviera inconsciente, imaginándome todas esas cosas.
Subimos por una escalerita de sogas, tales como esas que hay lado de algunos toboganes en las plazas. Cuando al fin estuve dentro la casa me pareció aún más grande. Tenía al menos dos habitaciones, una especie de cocina y un baño (no quise saber cómo funcionaría el baño estando a esas alturas.)
El joven frotó dos piedras y encendió fuego. Puso en una olla a calentar algo que parecía arroz. Volteó y me quedó contemplando, esbozando una sonrisa.
-Al fin- dijo después de una larga pausa. Suspiró y añadió –Al fin alguien como yo ha llegado a estas tierras. ¿Cómo es tu nombre?
-Vanesa- dije un tanto desconfiada.
-Arnold, a sus servicios- y acto seguido hizo una reverencia.
-Discúlpame pero, ¿qué es todo este lugar? ¿Quiénes son esos seres?- dije.
-¡Oh! ¿Acaso no sabes nada?- dijo Arnold desconcertado y arqueando una ceja.
-¿No sé qué cosa?- creí que estaba jugando con mi ingenuidad, y eso me molestaba.
-Vanesa, este es el país de Shakubyt, localizado en Porgujhet. Estos “seres” que tú dices son los Strangalufs, habitantes de este país. Yo estoy aquí en secreto. Ellos me dieron un refugio cuando más lo necesitaba.
Me contó un sinfín de historias de valentía de parte de estos seres. De cuando lo encontraron desamparado, cuando apenas era un joven de quince años. De cómo lo habían alimentado, y enseñado, con gran dificultad, su idioma. Y de cómo lo aceptaron entre ellos. No recuerdo muy bien todo lo que me contó, desgraciadamente, sino lo hubiera escrito. Pero si debo recalcar que su forma de hablar era casi como la de un locutor de radio, no poseía una voz potente ni tampoco grave, nada de eso, simplemente te provocaban ganas de seguir oyéndolo por horas, creyendo que jamás te ibas a cansar de oírlo. Poseía un encanto natural.
- Y cuéntame ¿Cómo es que has llegado aquí?
-Sinceramente, no lo sé- dije yo-. Un viento muy fuerte sopló y fui traída aquí ¿Creerás que estoy loca si te digo que tal vez todo esto sea un sueño?- temía que no me tomara en serio, pero igual ya no tenía nada que perder.
Arnold me sirvió esa especie de sopa qué comí con muchas ganas. El hecho de estar como en una especie de realidad alterna me había abierto el apetito. Tenía un gusto raro, como una mezcla de cebolla con caldo de pollo. No quise preguntar qué era específicamente, a ver si todavía me llevaba algún disgusto.
-Tal vez por ahora te parezca un sueño- dijo Arnold con tranquilidad, arrastrando una silla al otro lado de la mesa, de modo que quedó justo enfrente de mí-. Pero luego te darás cuenta de que esto es mucho más real de lo que tú crees.
La forma en la que dijo esa frase, hasta me hizo dudar de mi propia existencia. Hasta del mundo que yo conocía, junto con mi familia, mis amigos, mis mascotas, mis vecinos, las estaciones, los países, el olor del pasto recién cortado, el sonido de la música y el hecho de cómo mi piel se erizaba cuando alguien me asustaba. Me hizo dudar de que todo lo que existía y tenía un valor para mí, no hubiera existido.
Me asombré de la forma en la que volaba mi imaginación en ese lugar, de todo lo que era capaz de pensar mi cerebro; era como si ese mundo hubiera cambiado algo en mí…
-¿No tienes calor?- dijo Arnold, interrumpiendo mis pensamientos.
Se acercó a mí. Eso me escandalizó un poco, pero me dejé llevar; retiré mi saco con soltura y me quité todos los buzos que tenía debajo. Hasta me saqué las botas, sin que me importara andar descalza.
-Esta noche se dará una fiesta, en honor a ti, Vanesa, por ser nuestro visitante.- dijo Arnold, al tiempo que se levantaba e iba a abrir la puerta donde un Strangaluf golpeaba, y en una mezcla de rugidos y gritos ahogados, le comunicaba (por lo que entendí) que la cacería de ese día había sido buena.
Esa noche, unos Strangaluf hembras me confeccionaron ropa apropiada para la ocasión, y más liviana para soportar el calor que hacía. A pesar de sus grandes y torpes manos, tenían movimientos delicados, casi humanos. Lo que habían confeccionado era un hermoso vestido color esmeralda, de una tela mucho más suave que el algodón y mucho más delicada que la seda. Era como que todos los sueños que uno ha tenido en esta vida, se transformara en tela y uno fuera envuelto con eso, dándole un sensación de extrema comodidad. Me extrañó el hecho de que no hubieran hecho un par de zapatos, pero no importó. Noté que también habían preparado una corona de flores que se movían, no eran malas, eran más bien inofensivas, pero igual, yo les tenía algo de desconfianza. Colocaron esta especie de tiara en mi cabeza y me llevaron hacia la fiesta, que se realizaba al aire libre.
Afuera, todo era algarabía. Un grupo numeroso de Strangalufs había hecho una rueda y en el centro bailaban algunos (o al menos eso parecía que hacían, puesto que sus movimientos no poseían mucha gracia). Cuando me vieron llegar me tomaron de la mano y me metieron al centro del círculo. Me hicieron danzar y saltar. De alguna forma acepté sin oponer resistencia. Salté, reí, agité mi cabello, hice ondear mi vestido al compás de la música que tocaban unos Strangalufs. Eran como unas guitarras pequeñas, y unas flautas. Eran medios toscos, pero la melodía que producían era la más bella que jamás escucharé en mi vida.
-¡Vanesa!- grito Arnold, salí del círculo aún medio sin aire y me dirigí hacia donde estaba él y un par más de Strangalufs, bebiendo algo de textura similar al barro.- Ven, acompáñanos- acto seguido me extendió una copa.
Al principio dudé en tomarla, pero luego accedí. Arnold tomó mi mano y me indicó con la cabeza que lo siguiera. La música cesó y los Strangalufs se habían disfrazado. Parece que estaban a punto de montar una obra de teatro.
Esta parte es un poco rara porque lo que sucedió no se puede expresar bien en palabras si uno no lo está viendo, así que lo voy a explicar lo mejor que pueda: Una mujer llegaba a un nuevo mundo, ahí se sentía sola. Tenía mucho miedo, pero un hombre la ayudó, le dio de comer y la cuidó. Le presentó a sus amigos y le mostró el lugar. Pero en cierto momento, la mujer quería volver, quería volver a su mundo de nuevo. El hombre (mediante señas) le explicó que se podía una sola vez en la vida volver a su lugar natal, y que si desperdiciaba la oportunidad ella se quedaría allí para siempre. Ella lloró día y noche, pero tomó la decisión de marcharse. La obra terminó con ese hombre, junto con sus amigos, llorando, por el lugar donde se había ido la mujer.
Comprendí en ese momento el mensaje que me estaban transmitiendo, yo debía elegir si irme… o quedarme. No tenía que pensarlo mucho porque en el mundo, en mi mundo, yo tenía todo lo que más amaba en la vida. Aquí solo había estos extraños seres y Arnold. Aunque había algo en mí que me hacía dudar un poco. Algo quería que yo me quedara allí, que yo siguiera explorando y pasando el rato con los Strangalufs y Arnold.
Después de esa obra de teatro la música comenzó de nuevo. Yo quedé un tanto abatida, pero seguí divirtiéndome igual. Reí absolutamente toda la noche y al llegar la hora de dormir, estaba muy cansada y los pies me dolían mucho. No tardé demasiado en dormirme, pero en mis sueños se veían los Strangalufs, en la ciudad conduciendo autos, yendo a trabajar conmigo. También veía a mis amigos compartiendo conmigo esas extrañas bebidas que me ofrecieron.
Al mediodía siguiente (al menos para mí era mediodía), le dije a Arnold todo lo que debía decirle –lo había estado meditando toda esa mañana-. Le dije que quería volver a mi hogar. No voy a relatar lo que pasó a continuación porque es un tanto bochornoso, solo diré que ambos terminamos llorando, a pesar de haber sido dos desconocidos.
Me despedí de todos, pero me alegró el hecho de ver que en sus caras ya no había esa mirada de tristeza, sino que había mucha alegría. Hasta esbozaban una sonrisa. Eso me reconfortó, y supuse que jamás me olvidarían al igual que yo no me olvidaría de ellos.
Arnold me condujo hacia el bosque. Caminamos mucho, ya estaba muy cansada, cuando dijo:
-Llegamos, Vanesa- señaló un túnel, parecido a esos por los que pasan los trenes. Todo estaba oscuro, pero una pequeñísima luz se veía a lo lejos-. Creo que esto es el adiós definitivo.
-Sí- dije después de un larguísimo suspiro.
Mis ojos se humedecieron, agaché la mirada, me sentía avergonzada. Arnold se acercó hasta mí, me levantó la cara y la limpió. Sonrió al verme y yo le devolví la sonrisa. Lo que pasó luego de eso, fue un beso. Un beso muy apasionado, un beso con un desconocido, que pareciera que lo hubiera conocido durante toda la vida. Fue algo muy hermoso, es como que si me hubiera elevado por los aires y transportado a otra dimensión.
-Adiós-dije ya finalizado esta demostración de cariño y a punto de emprender mi camino de nuevo. Pero algo me detuvo, debía hacerle una última pregunta- Cuando te dije que todo esto me parecía un sueño, ¿De verdad lo es?
-Lo descubrirás, cuando cruces ese túnel.-dijo Arnold con una sonrisa pícara.
Sin decir más palabra me encaminé hacia el túnel. Lo crucé. Para mi había caminado mucho, pero no me sentía para nada cansada. Pasaron lo que para mí fueron largas horas, hasta que la luz comenzó a hacerse cada vez más grande. Tenía miedo de ver qué me iba a encontrar cuando llegara a ella. ¿Mi casa? ¿La calle donde había quedado? ¿Otro mundo? Comencé a correr. Corrí como si mi vida dependiera de ello, la luz me cegaba, pero algo me impedía que desviara la mirada de ella.
Corrí, corrí y corrí. Atravesé la luz.
Tal vez lo que vi a continuación fue lo que me hizo mirar hacia atrás, para ver si aún seguía allí el túnel. Era exactamente el mismo lugar donde yo había quedado. Creo que en mi mundo ni habían transcurrido cinco minutos, mientras en el otro había pasado los más hermosos y maravillosos momentos de mi vida. Mis ojos no se acostumbraban a la poca luz, a causa del día nublado; ya me había acostumbrado a que en el otro mundo, siempre había sol, obviando las noches. Me dio mucho frio, a pesar de que volvía a llevar puesta la ropa que yo tenía. El smog que había en el aire me cerraba el pecho. En el otro mundo el aire era tan puro. El ruido de los bocinazos de los autos me trajo de nuevo a la realidad, y entonces me di cuenta de que estaba a media calle, parada mirando hacia lo lejos, pensando en ese mundo tan maravilloso.
Debo dejar constancia que todo lo que cuento fue real, y siempre lo va a ser. A pesar que me trataron de loca cuando se la conté a mi familia, siempre voy a decir que mis amigos son los Strangalufs, el amor de mi vida es Arnold, y mi mundo está después de que sople viento y cruce un túnel.
Andrea Lodi
.jpg)