miércoles, 19 de noviembre de 2014



La puerta


 
Era de noche, empezaba a hacer más frío de lo que había hecho en el día. Me había olvidado en la oficina unas carpetas importantes que debía terminar para el próximo día, así que decidí ir en su busca para poder concluirlas.
Estaba sola en la calle. Por ahí, a lo lejos, se veía algún que otro gato o perro. Aunque había dejado mis pertenencias de valor en mi casa estaba preocupada porque alguien apareciera en la oscuridad y me quisiera robar. De pronto escuché algunos sonidos extraños, busqué y busqué por todos lados al creador de ese sonido y no me fue posible hallarlo. Sin preocuparme demasiado seguí mi camino.
Después de caminar unas cuantas cuadras, llegué al fin a la oficina. El portero me abrió la puerta gentilmente y me indicó el camino para que yo busque lo que me había olvidado, pero otra vez en la oscuridad del pasillo escuché pasos y ese molesto y espeluznante sonido que había aparecido antes en la calle. No había forma de explicar qué era lo que sucedía, ya que había visto una sombra alta, con una figura parecida a un muñeco de dibujo en la oscuridad.
Al parecer el sueño y el estrés me invadía y me hacía alucinar. Todo parecía ser nada más que una burla de mi mente ante el cansancio del día. Seguí mi camino, cada minuto que tardaba en buscar mi carpeta esa terrible imagen se aparecía una y otra vez en la cabeza.
Ya con mi carpeta en manos me dirigí a la puerta y al posar mi mano en el picaporte para abrirla, en mi espalda sentí un toque turbador que me heló la piel y puso los pelos de punta. Rápidamente me di la vuelta y frente a mí con una piel pálida, ojos tan angustiantes como la idea de morir y tan oscuros como la nada misma, tan flaco en cada extremidad que se le veían los huesos blancos, con una sonrisa amplia literalmente de oreja a oreja que dejaba a la vista dos hileras de dientes idénticos a los de un tiburón.
Estaba ÉL. La criatura más horrenda que había visto en mi vida, algo que ni en mis peores pesadillas había visto. Por un momento me paralicé pero al ver que tomó mi cuello con su mano y empezó a comprimir mi cuello, le empecé a pegar con la carpeta tan desesperadamente que mi respiración empezó a faltarme y mis brazos a cansarse. Pegué un grito tan agudo que me extrañó. Me soltó. Al parecer eso fue torturador. Mi grito me dio unos segundos para reaccionar y comenzar a correr. Me dirigí en dirección al ascensor. La adrenalina que poseía en ese momento me permitió correr lo más rápido que pude. Sentía sus pasos tras de mí. Moviéndome con torpeza, oprimí con desesperación el botón para llamar al ascensor.
De golpe no escuché nada. Todo se calmó. Lo único que se sentía en esa habitación era mi corazón que latía tan fuerte que me hacía temblar. Finalmente, el ascensor abrió sus puertas y yo en estado de alerta máxima fui entrando de espaldas lentamente. Cuando al fin pude calmarme de todo eso, cerré los ojos y dejé salir un suspiro. Abrí los ojos con la confianza de que no volvería a ver a ese monstruo. Sin embargo, como de la nada, como una imagen difusa que se convirtió en realidad, estaba ÉL mirándome con su desgraciada sonrisa de satisfacción al ver mi cara de espanto. Por un milagro se cerró la puerta del ascensor. Su cuerpo fue rebanado a la mitad y con un grito desesperado, murió.
Su cadáver desapareció como polvo y el ascensor empezó a bajar los pisos. Cuando llegué a la puerta del edificio, el portero muy amablemente me preguntó si todo estaba bien, con un tono preocupado al verme toda transpirada y tan blanca como la nieve. Afirmé que estaba bien con la cabeza y me despedí amablemente.
Salí por el mismo lugar que había marcado mi noche, que había puesto mis nervios en los niveles más altos. Ya no sabía si lo sucedido esa noche era realidad o sólo un sueño. Me di vuelta una vez más para observar al portero que tan amigablemente me abrió la puerta y por unos segundos vi en su cara la misma sonrisa y la misma mirada del monstruo.
Me di vuelta rápido, deseando alejarme de una vez por todas de ese lugar.
 






Micaela Giacobbe




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