juego de las escondidas
“Uno... dos... tres... Mi corazón palpita, mis sentidos se agudizan, el viento sopla, las hojas crujen debajo de los pies de mis compañeros, que huyen, hacia lugares donde no da la luz del sol.
Diez... once... doce... Encontré un lugar al fin, corro, el tiempo se me acaba. Tropiezo. Una carcajada amortiguada se escucha. Continúo corriendo, sigo corriendo. Corro.
Diecisiete... dieciocho... diecinueve... Al fin llegué, me oculto detrás de un árbol, pienso para mi mismo "Sé uno con el entorno, camuflate, no te muevas."
Veintisiete... veintiocho... veintinueve...
-¡Treinta!- El enemigo grita. Observo en la proximidad algo que se mueve entre las plantas. Cerca de mí, en un pozo, veo a un compañero, sucio, lleno de tierra. Quiero ayudarlo; pero no puedo. El enemigo me vería, sería mi fin.
Mis compañeros salieron, deben llegar a buenas tierras; a un lugar seguro. El enemigo ya los vio ¡Pobres de mis compañeros!
Solo quedo yo. Los nervios me consumen, si doy un paso en falso, todo mi esfuerzo será en vano. El enemigo se acerca a mi. "¿Que hago?" pienso. El enemigo se acerca a mi desde la izquierda, yo giro hacia la derecha y corro, corro, corro, cada vez más rápido.
El enemigo lanza una palabrota al no poder alcanzarme. No me puede detener.
A pesar de sentir un tremendo dolor debajo de las costillas, se siente una sensación tremenda, es como que el ego y el orgullo fueran inflados con helio y estén volando hacia el cielo. Se saborea el rico gusto de la victoria.
Ya casi llego, nadie me puede detener, he dado mi batalla y estoy a punto de ganar la guerra...
-¡¡PICA!!
Mis compañeros aplauden, el enemigo se excusa por haberse quedado atrás. Mi mama se asoma y nos llama para merendar.
Si, eso es para mi, jugar a la escondida.”
Andrea Lodi

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